martes, 23 de septiembre de 2008

LA ORQUESTA

Rosaura había nacido en una cabaña en medio del bosque. Vivió con sus padres durante toda su niñez; sus primeros catorce años. Sus padres decidieron que ya era hora de trasladarse al pueblo más cercano que está a dos kilómetros, para que se relacionara con otros niños y niñas, y asistiera al colegio, para adquirir conocimientos que no fueran los del bosque que dominaba muy bien. Pero Rosaura no se resistía a vivir fuera del bosque y cada día cuando salía del colegio, cogía su bicicleta y se introducía en lo más profundo de dicho bosque para hablar con los que habían sido sus amigos durante los anteriores años; los árboles y los animales. El primer día, se fue directamente a ver a su más viejo amigo. Un cedro que no se sabía su edad, pero que podría tener más de quinientos años y que estaba tan viejo que casi no se sostenía de pie. Aquel cedro, la había acunado entre sus ramas desde que era casi un bebé, y a Rosaura le gustaba oír la melódica música que interpretaba, cuando el viento lo acariciaba y lo animaba a tocar su armónica. Le gustaba mucho conversar con él, y él, a la vez, le daba buenos consejos y la hacía sentirse feliz. Aquella tarde, lo encontró raro, callado, triste; pero al fin le dedicó unas palabras.

–Rosaura, ya ha llegado mi hora; aguantaré pocos días más; el viento de otoño sopla con fuerza, y me tumbará porque mis raíces son tan viejas que no aguantan mi peso. Rosaura miró al anciano cedro con los ojos anegados de lágrimas.

–¿Me dejarás sola? ¿Qué haré yo sin ti?

–No te preocupes, tienes muchos amigos en el bosque. Ellos cuidarán de ti. Pero quiero que hagas algo por mí. Cuando mi tronco caiga al suelo, quiero que busques un carpintero y que haga con mi madera muchas casitas, las cuelgue en los otros árboles, para que los pájaros y otros animalitos que se guarecían entre mis ramas, vivan dentro de ellas. Quiero ser útil; no quiero que mi tronco falto de vida se pudra y pasado un tiempo nadie me recuerde; quiero permanecer aunque transformado, y ser de utilidad a otros, porque así será como si no hubiera muerto. Seguiré estando vivo en vuestro recuerdo; pues, no desaparece lo que muere, sino lo que se olvida. Rosaura, callada, seguía llorando y sus lágrimas rodaron por su cara hasta caer en el tronco del cedro.

–Haré lo que me pides y nunca te olvidaré.

En pocos días, el árbol fue perdiendo su estabilidad y una noche que el viento sopló con más fuerza, cayó rompiendo parte de sus ramas y aplastando sin querer, a otros arbolitos más pequeños. Al día siguiente, cuando Rosaura llegó, volvió a llorar apenada junto a aquel gigantesco árbol caído. Cuando consiguió serenarse, corrió hasta el pueblo y contó al carpintero el deseo del cedro. El carpintero pidió ayuda a todos los vecinos, y entre todos, hicieron centenares de casitas que colgaron en todos los árboles más altos del bosque. Los árboles se pusieron muy contentos al saber que podían colaborar para que se cumpliera el deseo de su amigo y hasta entonces compañero.

Durante el resto del otoño y en todo el invierno, los pájaros y otros pequeños animalitos, se fueron acomodando en las casitas que colgaban de los árboles, bajo la atenta mirada de Rosaura que no faltó ni un día a su cita con el bosque. Y cuando llegó la ansiada primavera, en el bosque se produjo una explosión de alegría tal, que Rosaura no pudo evitar contagiársela a todos los ciudadanos del pueblo, y todos fueron a ver y escuchar lo que Rosaura les había comentado: el cantar de los pájaros, el mugir de los ciervos, el croar de las ranas, el sonido de violines que producía el suave viento al pasar a través de los hilos de seda de las telas de arañas, acompañados por el tambor que tocaban los caballos al correr por la pradera, sonaban con tal armonía, que era como escuchar un gran concierto.

4 comentarios:

Dante dijo...

Hermoso relato, amigo Gregorio. La dignidad de ese cedro, debería ser ejemplo para gran parte de nuestra humanidad. A punto de desaparecer, no renegó de su origen. Se aseguró de seguir siendo útil aún después de su partida, y permaneció entre los suyos. "No desaparece lo que muere, sino lo que se olvida". Excelente y maravillosa reflexión. Es el corolario de un relato que transmite una enseñanza, y hasta me animaría a decir, que esa frase, es la moraleja que encierra esta historia. Con tu permiso, y citando la fuente, me voy a tomar el atrevimiento de imprimirlo y pegarlo en una de las paredes de la sala de mi trabajo. Para los chicos que ya leen, será un inmejorable ejemplo para tener presente. Fue un gusto enorme haber pasado por tu espacio. Como siempre. Un abrazo.

http://GREGOTD.blogspot.com dijo...

De nuevo, amigo Dante, agradezco tus palabras y tu valoración tan positiva para mi relato. Por supuesto que puedes imprimirlo para que sea leído. Es una gran satisfacción que uno de mis relatos, más bien un cuento, sea leído y divulgado, y aún más si es a tan larga distancia. Porque así, si lo leen los niños, cumple la función para la que fue creado.

En cuanto a citar la fuente, es importante, porque todos mis trabajos colgados en Internet, están registrados.
Un abrazo.

fonsilleda dijo...

Precioso, tierno y dulce cuento. Y es cierto lo que dice Dante, ese árbol encierra gran dignidad. La que tu le has aportado con tu buen hacer, con tus palabras.
Felicidades y saludos.
Ha sido un placer.(Trasdeza, de G.B.)

http://GREGOTD.blogspot.com dijo...

Gracias, amiga Trasdeza por tus palabras y por visitar este Rincón donde voy dejando mis poemas, relatos y cuentos, con el deseo de compartilos. Sabes que puedes visitarlo cuando lo desees, y que será para mí un placer recivir tu visita y tu valoración.

Un abrazo.