lunes, 15 de septiembre de 2008

LOS VENCIDOS

El hombre dormita recostado sobre el tronco de un árbol. Intenta atrapar la paz del sueño. Quiere sumergirse en el sosiego y eludir los ecos del recuerdo grabados en su mente. Sostiene en una mano un tetrabrik con vino, y en la otra un trozo de pan. A su lado, una mochila mugrienta que contiene sus escasas pertenencias.
Entreabre sus párpados y rebela parte de unos ojos rojizos quizás por haber llorado. Es como un guiño a la escasa claridad de la tarde. Con gesto fatigado se desprende de su gorra, mugrienta también, y la deja caer al suelo. El sudor reseco retiene partículas de polvo adheridas a los pliegues de su cara. Su atuendo sucio y con desgarrones, ha perdido su legitimidad para convertirse en un envoltorio de harapos. El sol le reanima con un cálido abrazo antes de que sus rayos declinen por el horizonte. Le duele todo el cuerpo. La batalla fue más dura de lo que supuso antes de que comenzara. El enemigo fuertemente armado, les igualaba en número. Fueron necesarios tres asaltos para vencerlos. No hubo muertes, pero sí más de treinta heridos y su poblado destruido.

Un perro hambriento se acerca y se para a pocos metros del hombre. Su pelaje blanquiazul refleja la luz de los tenues rayos del sol que se acerca al ocaso. Se aproxima decidido al trozo de pan. El perro parece estar convencido de que el bulto inmóvil junto al tronco del árbol forma parte del paisaje. Tiene hambre y se acerca sin temor. Un gran error. El hombre estira una pierna, y lo golpea con la punta del pie. El animal sorprendido, emprende una veloz carrera al tiempo que lanza un quejido. El hombre sonríe. Es una risa forzada que deforma la tristeza que refleja su rostro.

Bebe un trago de vino y vuelve a ponerse la gorra. Se levanta y mira hacia donde tuvo lugar la batalla. Sólo ve desolación. Todavía quedan grupos de vencidos formando corrillos. Seguramente debatiendo qué hacer. Pero duda que sean capaces de reorganizarse y hacer una resistencia adecuada pera defender aquel lugar y reconstruir sus chabolas.

Con paso perezoso, se dirige hacia el interior de la arboleda con la intención de buscar y el deseo de encontrar un lugar para dormir. A unos cien metros adentro, ve un alcornoque muy grande y frondoso, y se ha encaramado a una de sus gruesas ramas que se extiende casi horizontal, a bastante altitud del suelo, de la que nacen otras dos ramas, una a cada lado, formando una especie de tridente. Ha cortado unas taramas y se ha construido un nido cual si fuera una ardilla. Se ha envuelto en una vieja manta, dejando los brazos fuera, y ha amarrado una cuerda en el tronco de la rama de su lado izquierdo, pasado el otro extremo por encima de su cuerpo y lo ha fijado en el tronco de la rama que queda a su derecha. De esta manera, no caerá del árbol cuando se duerma. Prefiere dormir arriba para evitar que alguna alimaña le ataque. Anochece. Está tan cansado que pocos segundos después, está dormido. Duerme toda la noche de un tirón.

Se despierta al oír un coro de voces que le llaman y queda sorprendido. Las cincuenta familias que vivían en el poblado, están acampadas con sus heridos, sus niños, sus ancianos y sus cacharros, alrededor del árbol que le ha servido de morada durante la noche.

Ellos no se han percatado de su presencia hasta que la luz del día lo ha puesto al descubierto.Él no tiene familia y vivía solo en una chabola de ocho metros cuadrados. Pero todos sus vecinos lo aprecian mucho y lo consideran parte de sus propias familias. Le han ofrecido que siga con ellos para intentar reconstruir las chabolas ahora que se han marchado los policías y las máquinas. Pero él ha rechazado el ofrecimiento, y se ha puesto en marcha para internarse aún más en el bosque, convencido de que todos le seguirán hasta encontrar otra cañada donde construir sus chozas en el interior del bosque.

Los policías que los han desalojado y destruido sus viviendas, han actuado dentro de la ley. Esas familias de distintas nacionalidades, son emigrantes que viven en condiciones infrahumanas, que quizás no saben que cruzar la frontera con el objetivo razonable, deseable y necesario de buscar una vida mejor, les convierte en ilegales...

2 comentarios:

Dante dijo...

No hay peor guerra que el exilio forzado, ni peor enemigo que el que se viste de legalidad. Cruda historia, excelentemente narrada en tu relato de un mal que golpea a muestra sociedad en todas partes del planeta, de ahora y desde siempre. La desesperación del que va en busca de nuevas oportunidades de supervivencia, y la hostilidad de muchas decisiones políticas que van más allá de lo racional. Difícil tema a resolver aún por muchas naciones, y en medio de eso, los desprotegidos de siempre. Y como siempre, es un gusto, amigo, pasar por tu casa a leer. Un abrazo.

http://GREGOTD.blogspot.com dijo...

Gracias, amigo Dante por tu nueva visita a mi humilde casa donde dejo mis "sentires", (frase copiada de nuestra amiga soleta, Sonia), y por tu comentario.
Este relato, está basado en un hecho real ocurrido en las cercanías de Madrid, España, en un lugar llamado La cañada Real.

Un abrazo.